En mi vida laboral, he sido una de esas miles de personas que un día cansado de trabajar para otras decide trabajar para si mismo y no hay mejor manera de empezar que minimizando los gastos mensuales. Para ello, como muchos diseñadores, programadores, informáticos, ilustradores y una gran número de oficios que se pueden hacer desde su casa, uno decide montar el despacho dentro de su vivienda, en definitiva, trabajar en casa.

Al principio todo es muy divertido, te levantas de la cama y desayunas en tu despacho, leyendo correos, noticias del sector o la prensa del día. Hay días que no hay necesidad ni de ponerte ropa de calle, estas en casa, nadie va a venir a verte y como dice uno de los mejores ilustradores del país, Paco Roca, no hay mejor manera para trabajar que hacerlo en pijama.

Pero pronto, dentro de tu maravilloso mundo empiezan a ocurrir ciertas cosas con las que no cuentas, en un primer momento y es la gestión de tu tiempo y el respeto de unos horarios, por parte de los que te rodean.

Y os pongo alguno de los ejemplos que he vivido a lo largo de 7 años que he trabajado en casa.

Llamada de un amigo/familiar a media mañana, en la que te sitúas en un momento de concentración máximo, debes de hacer la entrega de un trabajo en los próximos días y no es que lo lleves de la mejor manera.
Suena el teléfono, es un amigo/familiar:
– Buenos días! Qué te cuentas?
– Ey, Hola ¿Estás en casa?
– Si, trabajando un rato, que tengo que finalizar un proyecto
– ¿Pero estás en casa? – Aquí ya te das cuenta de que te van a pedir algo, dando igual que tu tengas trabajo, que te esté atacando una cucaracha del tamaño de un panzer (Tanque Nazi) o que estés en un momento de necesario relax. Tu amigo/familiar necesita un favor y se le da igual lo que estés haciendo.
– Es que necesito… – Aquí puedes usar cualquier verbo, que me lleves, que me traigas, que me hagas, que me soluciones, etc… –
– Perdona, pero es que estoy trabajando y como he dicho tengo que finalizar un proyecto importante.
– Pero si estás en casa!!

Y aquí ya entras en un bucle que puede acabar de dos maneras, que claudiques y accedas a hacerle el favor o que tu interlocutor te envíe a tomar viento, por ser tan desconsiderado, egoísta, mala persona, demonio, etarra, yihadista. Te puede maldecir de tantas maneras, cual tertuliano al líder político con el que no casan sus ideas.

Si finalmente has accedido y pierdes una hora o tres, que más da, trabajas en casa.
Hay una gran probabilidad que esa misma persona te diga que no es bueno trabajar hasta altas horas de la noche. Claro, trabajo hasta altas horas de la noche porque soy buena persona e incapaz de decirle que no a un amigo/familiar tan sumamente ingrato, que no sabe que aunque trabaje en casa, es un trabajo y tengo un horario.

Al cabo de unos días y en un momento de maravillosa lucidez, decides llamar a esta misma persona para que te devuelva el favor, no tienes nada que hacer, pero esperas su gran respuesta para conocer hasta donde su mezquindad e incompresión, hacia tu labor diaria es capaz de llegar:
– Ey! qué haces?
– Hola, ¿Me puedes echar una mano con una cosa?
– ¿Ahora?
– Sí claro
– Es que estoy en la oficina trabajando
– Ya, pero el otro día yo te ayude y también estaba trabajando.
– Bueno, estoy en la oficina y tú trabajas en casa, no es lo mismo.

Y ahí es cuando decides por tu bien, por tu trabajo, por tu eficiencia y por la salud de los tuyos, que en la medida de lo posible, jamas decidas trabajar en casa.

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